El fuego de todos los fuegos

El fuego de todos los fuegos

“Que vengan los bomberos

esto es un incendio”

Daniela Romo

¿Qué tuvo que haber pasado para que la realidad ya no nos queme? Eso que arde en la presencia de todas las cosas por el mero hecho de que existan, lo que las hace verdaderas. Lo que está vivo quema y todo, todo lo que es, vive: “«El ser» – no tenemos ninguna otra representación de él más que como «vida». – ¿Cómo puede entonces algo muerto «ser»?” (Voluntad de poder, n. 582) 1.

La realidad quema, aunque ya casi no lo notemos. Hoy empezaremos a pensar ese fuego junto a Heráclito y Heidegger, para ver si volvemos a sentir su ardor.

El Ister 2

¡Ven, fuego!
Estamos ávidos
de contemplar el día,
y en cuanto la prueba
cumplióse a través de las rodillas,
se percibe el rumor del bosque.
Pero nosotros
cantamos, desde el Indo,
venidos de muy lejos,
y del Alfeo.
Largo tiempo hemos buscado
nuestro destino. Y nadie,
sin alas,
puede alcanzar directamente
lo próximo,
y arribar a la otra orilla.
Pero queremos instalarnos aquí.
Pues los ríos consagran esta tierra
a la labranza. Y si la hierba crece
y vienen hasta sus orillas
a beber los animales, en verano,
también vienen los hombres.

A éste, aunque lo llaman el Ister.
Hermosa es su morada. Y el follaje
en sus columnas, arde,
y se agita. Salvajes, allí se alzan
una detrás de otra; y por encima
como un segundo frontón, el techo
de las rocas. Y no me maravilla
que su fulgor haya invitado a Hércules,
su resplandor lejano,
cuando llegó buscando sombra
al pie del Olimpo,
tras remontar el tórrido Istmo,
pues allá están todos
llenos de valor; pero también frescura
necesitan los espíritus.
Por eso prefirió venir
a estas fuentes y amarillas riberas
que, en lo alto,
a estas alturas perfumadas, negras de pinos,
donde el cazador
vagabundo gozoso, al mediodía,
mientras se oye crecer
los resinosos árboles del Ister.

Pero casi parece
remontar a la fuente, y pienso
que llega del Este.
Mucho habría que decir
al respecto. ¿Por qué se aferra
a esas montañas? Aquel otro,
el Rin, se ha distanciado.
No en vano
los ríos fluyen por lo seco.
¿Cómo? Un signo es necesario,
no más, un signo claro y neto
y que contenga
sol y luna, inseparables,
mientras avanzan
noche y día; y que los Celestiales
se sientan, en esa calidez,
el uno junto al otro. Por eso son
la alegría del Altísimo. ¿Pues cómo
descendería Él, aquí?
Y verdes como Hertha,
ellos son los hijos del Cielo.
Pero éste
demasiado plácido me parece,
no libre, casi una irrisión. Y cuando

despunta el día, en su juventud,
y él prepárase a crecer,
ya otro despliega en lo alto su esplendor,
y, como los potros,
tasca el freno y en la distancia
los aires recogen sus fatigas;
y va, satisfecho.
Más la roca necesita del pico
y la tierra del surco,
de lo contrario sería inhabitable,
sin respiro. Pero lo que hace
este río,
eso nadie lo sabe.

https://www.youtube.com/watch?v=5QJyyznbqUg
  1. Citado en M. Heidegger, “Alétheia (fragmento 50)”, en: Conferencias y artículos, trad. E. Barjau, Barcelona: Serbal, 1994, p. 239
  2. F. Hölderlin, Poesía completa, trad. F. Gorbea, Barcelona: Ediciones 29, 1977, pp. 421-425
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