
Grupo de lectura de la conferencia de Heidegger:
“¿Qué es metafísica?” (1929)
El mejor texto para empezar a leer a Heidegger
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Era la época en la que, como Hannah Arendt escribiría más tarde, el nombre de Heidegger volaba por Alemania como el rumor acerca de un rey ignorado. […] Por lo demás, parecía que incluso allí donde no intervenía activamente, Heidegger dominaba el orbe intelectual de la universidad, tanto por el rechazo como por la aceptación que generaba. Mientras unos se entusiasmaban con él, otros se defendían y se mofaban de las monstruosas palabras con que forjaba su lenguaje, tergiversándolas jocosamente o desprestigiándolas con malicia; o de su indumentaria, que no parecía la adecuada para un respetable catedrático: vestía pantalón a media pierna, con una cazadora corta cuyas solapas levantadas recordaban la vestimenta tradicional de los labradores de Hesse; también Stefan George vestía así.
Pero pronto las burlas cesaron. Llegó el día en que pude percibir la verdadera importancia de ese hombre, del maestro que, mucho más allá de lo “profesional”, determinó toda mi vida, como la de muchos otros que lo siguieron sin ser filósofos de profesión.
Fue el 24 de julio de 1929. Por la tarde, en medio de las pompas solemnes, los cetros dorados, las togas de seda que en la vieja universidad daban brillo y dignidad a esta clase de acontecimientos, Heidegger pronunció su lección inaugural sobre el tema “¿Qué es la metafísica?” El discurso tuvo sobre mí un efecto inesperado, asombroso. Fue como si un rayo descomunal partiera aquel cielo encapotado que se cernía sobre la alegoría de la caverna; con una claridad casi dolorosa, las cosas del mundo se ofrecían abiertas. No era un camino llano, libre de peligros, bien mensurado y de meta cierta lo que allí se ofrecía, sino un camino lleno de amenazas hasta sus últimas consecuencias, aunque esto fuese incómodo y contradijese todo lo hasta entonces acostumbrado. No se trataba meramente de una materia erudita, sino de un asunto pensado, de cuya exigencia no había cómo escapar. ¡No se trataba de un “sistema”, sino de la existencia! Las anteojeras caían de los ojos, se desvanecían verdades inculcadas o asumidas con ligereza. Y la cuarta pregunta de Kant, “¿Qué es el hombre?”, se volvía ahora tanto más urgente.
Cuando salí del aula magna me encontré sin palabras. Tuve la sensación de haber perdido por un instante el fundamento del mundo. En lo más hondo de mí, algo dormido durante largo tiempo había sido tocado. Lo despertó Heidegger con su pregunta: “¿Por qué hay ser y no más bien nada?”Heinrich W. Petzet, Encuentros y diálogos con Martin Heidegger (1929-1976), trad. L. Langbehn, Katz: Bs. As., 2007, pp. 22, 24-25
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